Mi historia no empezó cuando decidí ser terapeuta.
Empezó mucho antes. Empezó el día en que mi vida comenzó a desmoronarse.
Todo parecía resumirse en una crisis financiera que terminó arrastrando también mi relación de pareja. En ese momento yo solo podía ver lo evidente: el dinero desaparecía, mi matrimonio perdía el rumbo y el futuro se sentía como un lugar al que ya no iba a llegar.
Vivía convencida de que ese era mi problema. Hoy sé que no lo era.
Aquella crisis solo fue la puerta de entrada hacia algo mucho más profundo.
Sin darme cuenta, la vida me estaba haciendo una pregunta que nunca antes me había atrevido a responder:
¿Por qué estas circunstancias llegan una y otra vez a mi vida?
- No encontré la respuesta enseguida.
- Lo que encontré fue una noche oscura.
Una de esas en las que parece que todo pierde sentido. En las que lloras sin saber exactamente por qué. En las que sobrevives un día a la vez mientras intentas convencerte de que mañana será diferente.
Y fue justamente allí donde empezó todo.
Hubo un momento en el que entendí que, si seguía mirando mi vida desde el mismo lugar, siempre iba a encontrar las mismas respuestas.
- Así que hice algo que nunca había hecho.
- Decidí salir de mi propia historia para observarla desde afuera.
- No fue fácil.
- No fue rápido.
- No fue bonito.
Fue un proceso lleno de lágrimas, silencios, preguntas y mucha resistencia. Mi ego hacía todo lo posible por convencerme de que yo era la víctima de unas circunstancias injustas. Y durante mucho tiempo le creí.
Hasta que dejé de creerle.
- Dicen que el toro se ve mejor desde la barrera.
- Y descubrí que eso también es cierto con la propia vida.
Cuando logras tomar distancia empiezas a notar cosas que antes eran invisibles. Comprendes que los resultados de hoy no nacieron ayer. Que vienen de decisiones, aprendizajes, dolores y creencias que llevan años viviendo dentro de ti.
Entonces apareció una Luisa que yo no conocía.
- Descubrí duelos que nunca había llorado.
- Historias que había congelado.
- Momentos que marcaron un antes y un después en mi forma de verme, de relacionarme y de vivir.
Entendí que había construido un personaje.
- La mujer fuerte.
- La que siempre resolvía.
- La que podía con todo.
- La que cuidaba a todos.
- La que salvaba a cualquiera...
- ...mientras ella se ahogaba por dentro.
Y ese fue uno de los descubrimientos más difíciles de aceptar.
- No necesitaba ser más fuerte.
- Necesitaba volver a ser yo.
Poco a poco fui encontrando a esa mujer que había escondido para sobrevivir.
- Una mujer profundamente sensible.
- Intuitiva.
- Amorosa.
- Libre.
- Entonces empezó otro viaje.
- Ordenar mi historia.
- Mirar a papá.
- Mirar a mamá.
- Mirar a mis ancestros.
Mirar las experiencias que habían construido no solo mi manera de pensar, sino también mi forma de sentir, de amar y de reaccionar frente a la vida.
- Comprendí que las tareas emocionales que dejamos a la mitad nunca desaparecen.
- Solo esperan.
Esperan el momento en que tengamos la fuerza suficiente para volver a ellas.
Y la vida, con una sabiduría inmensa, siempre encuentra la manera de volver a ponerlas frente a nosotros.
- No para castigarnos.
- Sino para invitarnos a terminarlas.
También descubrí que el amor propio no era lo que yo imaginaba.
- No era repetirme frases bonitas frente al espejo.
- Era mucho más profundo.
- Era mirarme completa.
- Con mis luces.
- Con mis sombras.
- Con mis aciertos.
- Con mis errores.
Y aun así elegirme.
- La culpa seguía allí.
- El miedo también.
- Solo que ahora podía verlos.
Y cuando logras ver aquello que antes dirigía tu vida desde las sombras, empiezas a recuperar el timón.
- No porque dejen de existir.
- Sino porque dejan de gobernarte.
Hoy sigo caminando.
Sigo encontrando habitaciones dentro de mí que necesitan ser abiertas.
Algunas tenían la puerta cerrada con llave.
Otras llevaban tantos años sin abrirse que el olor de aquello que había quedado guardado terminaba impregnando toda la casa.
Durante mucho tiempo abría únicamente las ventanas para que el olor se disimulara.
Pero nunca limpiaba el cuarto.
- Hasta que entendí que sanar no consiste en perfumar la casa.
- Consiste en abrir la puerta.
- Entrar.
- Ordenar.
- Llorar si hace falta.
- Botar aquello que ya cumplió su función.
- Y permitir que la luz entre por primera vez.
Eso es, para mí, un proceso terapéutico.
- No es convertirse en alguien perfecto.
- Es reconciliarse con la propia humanidad.
Hoy acompaño a otras personas porque un día alguien también sostuvo una linterna mientras yo atravesaba mi oscuridad.
- No camino delante de nadie.
- Camino al lado.
- Porque sigo siendo humana.
- Todavía vuelvo sobre algunos caminos.
- Todavía aparecen nuevas capas.
- Pero ahora tengo herramientas.
- Y eso cambia absolutamente todo.
- Si algo he aprendido es que sanar no significa dejar de sentir.
- Significa dejar de huir de aquello que sentimos.
Y cuando eso ocurre, la vida deja de sentirse como una lucha constante y comienza, poco a poco, a convertirse en un lugar donde por fin puedes habitarte con paz.
Quizás por eso hago lo que hago.
Porque sé lo que se siente vivir perdido.
Y también sé la inmensa libertad que aparece cuando, por fin, decides encontrarte contigo.
¿Sientes que es momento de encontrarte contigo?
No necesitas tener todas las respuestas. Solo la disposición de abrir la puerta y empezar a ordenar tu historia, con calma y acompañamiento.